Título: Pagainfantas.
Año: 2011.
Nacionalidad: España – República Bananera.
Género: Comedia, drama, reír por no llorar, mear y no echar gota.
Director: Iñaki Urdangarín (pendiente confirmación)
Guión: Diego Torres (pendiente confirmación)
Produce: Casa Real, Instituto Nóos, Govern de les Illes Balears, Generalitat Valenciana, SGAE.
Reparto: Iñaki Urdangarín, Diego Torres, Jaume Matas, Francisco Camps, la infanta guapa y la otra infanta. Con la colaboración especial de Juan Carlos Palito (as himself) y quieras que no, todos los españoles.
Sinopsis: Comedia para toda la Familia (Real) en la que se conjugan amor, poder, ambición y bodorrios de Estado. Un joven y exitoso deportista con cara de perpetuo jet lag (Iñaki Urdangarín) toma nupcias con Cristina, la infanta más hermosa del reino (en el reino hay sólo dos infantas) y es nombrado duque (consorte) de Palma (Arena). Nuestro protagonista conoce el éxito, el fasto, el boato y los oropeles: las mujeres le desean, los hombres quieren ser como él (sobre todo los horteras) y las señoras le aplauden rabiosamente y le llaman guapo cada vez que va a inaugurar una depuradora a un pueblo de Soria. Pero su aparente campechanía, bonhomía y carita de bueno son pura fachada; ebrio de power, el duque de Palma (Arena) se sumerge cada noche en los bajos fondos de Palma (de Mallorca), la muy mosquita muerta, y habla por el Skype con los delincuentes más perseguidos del reino, incluyendo ladrones, gente de la SGAE y Jaume Matas. Con la ayuda de su socio crea un entramado de empresas malévolas para quedarse con dinero del Estado y de los contribuyentes, fíjate tú, y hasta con los royalties de acreditados genios del mundo de la música, como por ejemplo Bebe. Mientras tanto, su cuñada (la otra infanta) desvía la atención llorando en las Olimpiadas y vistiéndose de alegoría de cosas y su concuñado (Jaime de Marichalar) crea una cortina de humo fingiendo que le da un telele pero es mentira, porque Marichalar en realidad es una persona deportista que lleva una vida sanísima y no es un yuppie absurdo ni nada. Su mujer pasa los días en Washington (no es duquesa de Washington, pero vive allí) ideando concatenaciones de nombres para ponerle a sus hijos y sufriendo en silencio la distante frialdad del duque de Palma, de cuyos tejemanejes no sabe nada aunque el dinero, bien que se lo gasta. Completan el reparto Juan Carlos Palito (que iba a ser interpretado por Ian McKellen, pero al final ha sido Juanjo Puigcorbé), la gueina (interpretada por Marisa Paredes), el príncipe (interpretado por Blanca Portillo, que pasó por un intenso programa de hormonado para preparar el papel) y Letizia Ortiz Rocasolano (interpretada por Loles León).
"La tinta que el tiempo escribe se fue borrando de a poco; aunque su trazo oscurezca nunca se borra del todo" (J.A.Rey del Corral, "Parlapalabra")
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domingo, 18 de diciembre de 2011
sábado, 1 de octubre de 2011
miércoles, 11 de mayo de 2011
FÉLIX GRANDE

LA CABELLERA DE LA SOHÁ
1950 kilos de pelo
Mil novecientos cincuenta kilos de pelo de mujer
pesando para siempre sobre la pesadumbre craneana.
Mil novecientos cincuenta kilos de pelo de mujer
partiendo en dos mitades la historia de la Historia.
Cada cabello de esta pelambrera
equivale a un crujido de placenta.
Cada pelillo de este Bulto
canta un réquiem a los alvéolos del humo y la ceniza.
Cada uno de los pelos de esta hecatombe capilar
llora con todos su dos ojos al pie de la tijera
uno a uno lagrimando el Poder del desprecio.
Y cada cabellito de esta pelambre muda
en un discurso universal de pena
y un párrafo de luto colosal
y una conversación sensual con el futuro
y un mitin amoroso cebado de memoria.
En cada anonimato de ese pelo
vuela con una lágrima en el pico
la muchedumbre de la consolación.
¡Baja a esta cueva misericordiosa!
Esta es la cabellera de la Shoá.
Calla más que el silencio y está ciega.
Lo ve todo. Retumba.
Fragmento del poema La cabellera de la Shoá
Tomado de:
http://www.elpais.com/articulo/cultura/llegan/palabras/mereces/elpepuc
viernes, 1 de abril de 2011
viernes, 10 de diciembre de 2010
Vargas llosa (III)

3ª parte:
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
© FUNDACIÓN NOBEL 2010
jueves, 9 de diciembre de 2010
VARGAS LLOSA ... (II)

CONTINÚA EL DISCURSO...
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la
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sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.
(CONTINUARÁ)
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