Rosa Montero 15 ENE 2012 - 23:13 CET
Eran los tiempos en los que Fraga daba miedo. Hablo de los primeros años de la Transición, cuando don Manuel tenía un cuerpo de barrilete como de boxeador ajado, una cabeza pétrea semejante a un mojón de carretera secundaria y un temperamento mercurial y vesubiano, de erupción incontrolada pero inminente. Todavía cincuentón, su energía era tan legendaria como la peculiaridad de sus actitudes, y las anécdotas le perseguían como las moscas al buey. Cuando le entrevisté por primera vez, en junio de 1978, todavía se comentaban sus célebres frases (como lo de “la calle es mía”) y sus arrebatos: por ejemplo, que en un mitin en Lugo, pocos meses antes, se había lanzado en persecución de 400 reventadores al grito de “¡a por ellos!”. O que, siendo ministro, había arrancado un teléfono de la pared porque no dejaba de sonar. O lo peor para mí entonces: que, pocos días antes de nuestra cita, había echado a empellones a un periodista porque no le gustaron sus preguntas. Como es natural, todos estos datos me hicieron acudir a la entrevista bastante amedrentada.
Por eso, por el puro miedo, me preparé muy bien el comienzo de la charla, intentando encontrar algún truco que me permitiera desmontar esa bomba de relojería que el político gallego parecía llevar dentro de su amplísima frente. Y así, empecé diciendo que me habían contado dos cosas contradictorias sobre él (“todo hombre es contradictorio”, tronó Fraga cargado de razón). La primera, que tenía un gran sentido del humor, una observación que le encantó: “Lo cultivo todo lo que puedo. Creo que uno de los grandes defectos nacionales es no tener sentido del humor”. Pero también me habían dicho, añadí, que era un hombre violento que me podía echar a la segunda pregunta. Y ahí, claro, don Manuel tuvo que decir que no, que eso solo había ocurrido una vez y con un amigo suyo, que él no hacía esas cosas… A partir de ese momento me sentí más protegida: al alardear de su buen humor, Fraga se veía obligado a demostrar que lo tenía; y tras negar sus brotes de violencia, presumí que le sería más difícil ceder a la tentación de estrujarme el cuello. Y así discurrió la entrevista, que fue difícil, tirante, agresiva por su parte y por la mía, pero también graciosa, chispeante e inolvidable.
Porque era cierto que Manuel Fraga Iribarne poseía un gran sentido del humor, una vasta cultura y una brillante inteligencia, y, al mismo tiempo, también era verdad que de repente parecía cubrirle un velo rojo, que perdía los nervios y farfullaba, que se convertía en un motor pasado de revoluciones y en una fuerza ciega e irracional. Ha sido nuestra más perfecta versión de Doctor Jeckyll y Mister Hide. Un personaje intenso.
Dos años después de aquella entrevista, en 1980, coincidimos como ponentes en un impresionante simposium que organizó la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee (EEUU), sobre los cinco primeros años de democracia en España. El cuarto día, terminadas ya las conferencias, el evento cerró con un coctel-cena en casa del rector. En un momento ya avanzado de la noche me acerqué a la mesa de las bebidas a servirme una copa, pero los cubitos de hielo que llenaban un enorme bol se habían pegado los unos a los otros, formando un iceberg inexpugnable que ataqué inútilmente con las pinzas de hielo durante un buen rato. De pronto, Fraga Iribarne se materializó a mi lado con toda la solidez de su corpachón. "Permítame, señorita", ordenó, haciéndome a un lado. Se quitó la chaqueta, se remangó la camisa por encima del codo de su brazo derecho y, a continuación, comenzó a aporrear la gran masa congelada a puñetazo limpio hasta hacerla trizas. Luego agarró un buen montón de esquirlas de hielo con su manaza y me llenó el vaso. Y, sonriendo, dijo: "¿Ve usted, señorita? De cuando en cuando es necesario el uso de la fuerza bruta". De algún modo fue su punto final a uno de los debates que mantuvimos durante la entrevista. Nunca olvidaba nada.
Los años, la salud y el peso de la edad le fueron calmando, pero siempre mantuvo su originalidad radical y algo alienígena. De hecho, hasta su físico, al envejecer, le fue haciendo cada vez más parecido a un personaje de La Guerra de las galaxias. Hoy lamento la pérdida de este hombre irrepetible: el mundo será más convencional sin su presencia. Además, creo que hay que reconocer su esfuerzo por apaciguar en su momento a la derecha más cerril. Esto es: le agradezco que se comiera a los caníbales.
"La tinta que el tiempo escribe se fue borrando de a poco; aunque su trazo oscurezca nunca se borra del todo" (J.A.Rey del Corral, "Parlapalabra")
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lunes, 16 de enero de 2012
domingo, 18 de diciembre de 2011
EL PAGAINFANTAS...
Título: Pagainfantas.
Año: 2011.
Nacionalidad: España – República Bananera.
Género: Comedia, drama, reír por no llorar, mear y no echar gota.
Director: Iñaki Urdangarín (pendiente confirmación)
Guión: Diego Torres (pendiente confirmación)
Produce: Casa Real, Instituto Nóos, Govern de les Illes Balears, Generalitat Valenciana, SGAE.
Reparto: Iñaki Urdangarín, Diego Torres, Jaume Matas, Francisco Camps, la infanta guapa y la otra infanta. Con la colaboración especial de Juan Carlos Palito (as himself) y quieras que no, todos los españoles.
Sinopsis: Comedia para toda la Familia (Real) en la que se conjugan amor, poder, ambición y bodorrios de Estado. Un joven y exitoso deportista con cara de perpetuo jet lag (Iñaki Urdangarín) toma nupcias con Cristina, la infanta más hermosa del reino (en el reino hay sólo dos infantas) y es nombrado duque (consorte) de Palma (Arena). Nuestro protagonista conoce el éxito, el fasto, el boato y los oropeles: las mujeres le desean, los hombres quieren ser como él (sobre todo los horteras) y las señoras le aplauden rabiosamente y le llaman guapo cada vez que va a inaugurar una depuradora a un pueblo de Soria. Pero su aparente campechanía, bonhomía y carita de bueno son pura fachada; ebrio de power, el duque de Palma (Arena) se sumerge cada noche en los bajos fondos de Palma (de Mallorca), la muy mosquita muerta, y habla por el Skype con los delincuentes más perseguidos del reino, incluyendo ladrones, gente de la SGAE y Jaume Matas. Con la ayuda de su socio crea un entramado de empresas malévolas para quedarse con dinero del Estado y de los contribuyentes, fíjate tú, y hasta con los royalties de acreditados genios del mundo de la música, como por ejemplo Bebe. Mientras tanto, su cuñada (la otra infanta) desvía la atención llorando en las Olimpiadas y vistiéndose de alegoría de cosas y su concuñado (Jaime de Marichalar) crea una cortina de humo fingiendo que le da un telele pero es mentira, porque Marichalar en realidad es una persona deportista que lleva una vida sanísima y no es un yuppie absurdo ni nada. Su mujer pasa los días en Washington (no es duquesa de Washington, pero vive allí) ideando concatenaciones de nombres para ponerle a sus hijos y sufriendo en silencio la distante frialdad del duque de Palma, de cuyos tejemanejes no sabe nada aunque el dinero, bien que se lo gasta. Completan el reparto Juan Carlos Palito (que iba a ser interpretado por Ian McKellen, pero al final ha sido Juanjo Puigcorbé), la gueina (interpretada por Marisa Paredes), el príncipe (interpretado por Blanca Portillo, que pasó por un intenso programa de hormonado para preparar el papel) y Letizia Ortiz Rocasolano (interpretada por Loles León).
Año: 2011.
Nacionalidad: España – República Bananera.
Género: Comedia, drama, reír por no llorar, mear y no echar gota.
Director: Iñaki Urdangarín (pendiente confirmación)
Guión: Diego Torres (pendiente confirmación)
Produce: Casa Real, Instituto Nóos, Govern de les Illes Balears, Generalitat Valenciana, SGAE.
Reparto: Iñaki Urdangarín, Diego Torres, Jaume Matas, Francisco Camps, la infanta guapa y la otra infanta. Con la colaboración especial de Juan Carlos Palito (as himself) y quieras que no, todos los españoles.
Sinopsis: Comedia para toda la Familia (Real) en la que se conjugan amor, poder, ambición y bodorrios de Estado. Un joven y exitoso deportista con cara de perpetuo jet lag (Iñaki Urdangarín) toma nupcias con Cristina, la infanta más hermosa del reino (en el reino hay sólo dos infantas) y es nombrado duque (consorte) de Palma (Arena). Nuestro protagonista conoce el éxito, el fasto, el boato y los oropeles: las mujeres le desean, los hombres quieren ser como él (sobre todo los horteras) y las señoras le aplauden rabiosamente y le llaman guapo cada vez que va a inaugurar una depuradora a un pueblo de Soria. Pero su aparente campechanía, bonhomía y carita de bueno son pura fachada; ebrio de power, el duque de Palma (Arena) se sumerge cada noche en los bajos fondos de Palma (de Mallorca), la muy mosquita muerta, y habla por el Skype con los delincuentes más perseguidos del reino, incluyendo ladrones, gente de la SGAE y Jaume Matas. Con la ayuda de su socio crea un entramado de empresas malévolas para quedarse con dinero del Estado y de los contribuyentes, fíjate tú, y hasta con los royalties de acreditados genios del mundo de la música, como por ejemplo Bebe. Mientras tanto, su cuñada (la otra infanta) desvía la atención llorando en las Olimpiadas y vistiéndose de alegoría de cosas y su concuñado (Jaime de Marichalar) crea una cortina de humo fingiendo que le da un telele pero es mentira, porque Marichalar en realidad es una persona deportista que lleva una vida sanísima y no es un yuppie absurdo ni nada. Su mujer pasa los días en Washington (no es duquesa de Washington, pero vive allí) ideando concatenaciones de nombres para ponerle a sus hijos y sufriendo en silencio la distante frialdad del duque de Palma, de cuyos tejemanejes no sabe nada aunque el dinero, bien que se lo gasta. Completan el reparto Juan Carlos Palito (que iba a ser interpretado por Ian McKellen, pero al final ha sido Juanjo Puigcorbé), la gueina (interpretada por Marisa Paredes), el príncipe (interpretado por Blanca Portillo, que pasó por un intenso programa de hormonado para preparar el papel) y Letizia Ortiz Rocasolano (interpretada por Loles León).
sábado, 1 de octubre de 2011
miércoles, 11 de mayo de 2011
FÉLIX GRANDE

LA CABELLERA DE LA SOHÁ
1950 kilos de pelo
Mil novecientos cincuenta kilos de pelo de mujer
pesando para siempre sobre la pesadumbre craneana.
Mil novecientos cincuenta kilos de pelo de mujer
partiendo en dos mitades la historia de la Historia.
Cada cabello de esta pelambrera
equivale a un crujido de placenta.
Cada pelillo de este Bulto
canta un réquiem a los alvéolos del humo y la ceniza.
Cada uno de los pelos de esta hecatombe capilar
llora con todos su dos ojos al pie de la tijera
uno a uno lagrimando el Poder del desprecio.
Y cada cabellito de esta pelambre muda
en un discurso universal de pena
y un párrafo de luto colosal
y una conversación sensual con el futuro
y un mitin amoroso cebado de memoria.
En cada anonimato de ese pelo
vuela con una lágrima en el pico
la muchedumbre de la consolación.
¡Baja a esta cueva misericordiosa!
Esta es la cabellera de la Shoá.
Calla más que el silencio y está ciega.
Lo ve todo. Retumba.
Fragmento del poema La cabellera de la Shoá
Tomado de:
http://www.elpais.com/articulo/cultura/llegan/palabras/mereces/elpepuc
viernes, 1 de abril de 2011
viernes, 10 de diciembre de 2010
Vargas llosa (III)

3ª parte:
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
© FUNDACIÓN NOBEL 2010
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